En este día de la mujer trabajadora me vuelve a la cabeza la eterna pregunta: ¿para cuando un movimiento o asociación que deje patente la importancia de las mujeres en la cocina gallega?.
Ahí tenemos grandes clásicos de nuestra cocina, como Toñi Vicente, Manicha Bermúdez (La Taberna de Rotilio) o Ana Gago (Casa Pardo), junto a otra emergentes como Inés Abril (Maruja Limón), Lucía Freitas (A Tafona), Iria Espinosa (Alborada) o Beatriz Sotelo (A Estación), que ya va camino de la consagración.
¿O qué decir de otras cocineras que desempeñan su trabajo en medio rural, con menos repercusión mediática pero grandes resultados?. Ahí están los ejemplos de Erundina Vázquez (Ateneo) o María Varela (A Parada das Bestas).
Y no podemos olvidar esa legión de mujeres anónimas que día a día hacen del pulpo á feira un plato de alta cocina servido en los lugares más humildes y que quiero personificar en Aurora Baranda, la pulpeira de O Carballiño, y Carmen Eyo, ganadoras del primer y segundo Concurso de Pulpeiras.
Ni de las monjas de Ferreira de Pantón, y tantas otras que hacen trabajos similares, y todas esas cocineras de las que nunca sabremos sus nombres y que nos hacen y nos hicieron la vida más dulce y más sabrosa. La tía Aurora y la tía Pepita, que cocinaron las mejores colinetas del mundo. La abuela Josefa, que en un tiempo que no conocí cocinaba a domicilio en bodas y celebraciones, algo que ahora piensan que están inventando en las ciudades.
Todas ellas son, en Galicia, una potencia que debería manifestarse públicamente.






