El mundo de la cocina y los vinos está lleno de nombres de santos y jerarquías eclesiásticas desde tiempos pasados. Ahora mismo me vienen a la cabeza el San Jacobo, la quina Santa Catalina, los suspiros de monja, el vino San Trocado o la compostelana Taberna do Bispo.

Ahora, gracias a La Voz de Galicia, los Popes de la iglesia ortodoxa tienen también su licor: “ron Pope”.
No lo busquen en su licorería porque no se trata de una nueva marca de ron sino de un error, la deconstrucción de la palabra rompope con la que en México se denomina a una crema semejante a las natillas a la que se añade vino o algún licor, es decir, una especie de sabayón.

Hoy volvieron a mi cabeza los grandes momentos pasados en la hace tiempo desaparecida Taberna Cubana, que se situaba en la madrileña calle María de Guzmán, a espaldas de esa maravilla realizada por el arquitecto gallego Antonio Palacios que es conocido como Hospital de Jornaleros de Maudes, hoy sede de algunos organismos oficiales de la Comunidad de Madrid. Se ve que a Palacios le gustaba darle a sus obras un aspecto distinto del uso al que iban dirigidas, de manera que el Hospital a todos les parece una iglesia y Troski, en su estancia en Madrid, rebautizó el Palacio de las Telecomunicaciones, antigua sede de Correos en la Plaza de la Cibeles, como “Nuestras Señora de las Telecomunicaciones”, porque no parece una iglesia, sino una catedral. Otra obra destacable de Palacios en la zona es el edificio del Banco Central. Por imperativo legal no se podían construir más de dos pisos, que son los que el edificio tiene exteriormente, pero por dentro deben ser cinco o seis.

En fin, que la arquitectura madrileña de comienzos del siglo XX tiene un nombre propio fundamental: Antonio Palacios.

Pero la cosa iba no de arquitectura madrileña sino de la Taberna Cubana, en la que tantos momentos estupendos pasé en otro tiempo. Tan pequeña tan pequeña que con una docena de clientes ya se llenaba y con quince revertía, que era la situación habitual el establecimiento. El mérito era de Elma, una habanera descendiente de gentes de la parroquia de Noche del ayuntamiento de Vilalba (Lugo).

Elma recordaba a su abuelo vilalbés y como con frecuencia preparaba el cocido en la Habana y con las sobras del mismo (carnes, garbanzos, verduras e incluso los fideos de la sopa a los que escurría el caldo) hacía una tortilla a la que según la habanera llamaba “molleta”. Yo anduve por Galicia detrás de la molleta pero no fui quien de encontrar su rastro y además el nombre, de aspecto catalán, me tiene algo despistado.

En la Taberna Cubana Elma no ponía molleta. Su especialidad eran los cócteles cubanos de toda la vida. Hacía los mejores mojitos y daiquirís que haya probado en mi vida, y además me enseñó a hacerlos, pero nunca fui capaz de sacar en el daiquirí el punto que ella conseguía. Y también preparaba mulatos, cubanitos, jaibol, y tantos otros, siempre con auténtico ron cubano (Habana Club) lo que muchas veces le llevó a tener sus más y sus menos con lo peor de la colonia cubana en Madrid e incluso a recibir anónimos con graves amenazas, que yo mismo tuve en mis manos.

No le importó y siguió empleando Habana Club, que entonces era el único ron cubano que había en España, porque decía que todos los demás no valían para su trabajo. En la Taberna ofrecía el catálogo completo de Habana Club, que entonces eran los de 3, 5, 7 y 15 años, así como el Edmundo Dantés, de 25.

Elma incluso inventó su propio cóctel. Resulta que en un tiempo los importadores de Habana Club, que entonces era la firma española Larios, traían de Cuba el ron y un licor dulce, de canela, de baja graduación (alrededor de 20 grados) que se llamaba Licor Diabólico. De alguna manera se arreglaron para obligar a los consumidores de ron a comprar también el Diabólico y nuestra amiga, que se negaba a vender chupitos a los chavales que entonces aun no hacían botellón, solo le encontró un destino: el cóctel Diabólico Cubano.

En un vaso de mojito (vaso de tubo pero más bajo que los normales y, por lo tanto, de menos capacidad) ponía una gotas de zumo de limón, unas piedras de hielo, un chupito de Habana Club 3 años y otro chupito de Licor Diabólico. Después llenaba de zumo de naranja natural hasta el borde, removía y listo.

De verdad que era diabólico el combinado, porque entraba como agua y se subía a la cabeza como el ron y el licor que llevaba. Así que no era raro que los que se atrevían con un diabólico después de seis o siete mojitos o daiquirís acabaran algo chispas.

Pero yo iba a hablar aquí del sorbete de mojito y ya agoté el espacio, así que mejor será que le den la vuelta a la página para mirar la receta.


© 2007 Colineta | Curved 3-Columnas por Felix Ker & JustSkins.| Traducido por Trazos Web & Arquitectura
< ?php if(function_exists('lp_other_langs')) { lp_other_langs('gl','es'); }?>