No es la de los limones la subida que más debe preocuparnos, salvo si nos dedicamos a la producción de granizado…

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Últimamente Marcelo Tejedor está en todos los papeles gracias a la invención del pan líquido en aerosol y la empanada realizada con el incluso, que presentó en la última edición de Madrid Fusión y que recién le valió el premio Aerosol de Plata, concedido por la Asociación Española de Aerosoles.

Los platos de Marcelo marcan la época. Antes del pan líquido andivo en todas las bocas su tomate kinder, bautizado así porque en su interior guardaba una agradable sorpresa, como los chocolates infantiles.

Famoso fue el ojo del calamar, un plato surgido por casualidad limpiando calamares, como indica el propio cocinero.

Pero aparte dieras platos mediáticos, una de las grandes creaciones de Marcelo Tejedor es la merluza con caldo de pimientos y pil-pil de limón, en el que ingredientes a priori tan distantes como la merluza y los pimientos armonizan perfectamente entre sí y con el limón, consiguiendo un conjunto que no deja indiferente a nadie.

Como en toda su cocina, este plato se caracteriza ponerlo empleo de pocos ingredientes (merluza, pimientos, limón y poco más) y por la pureza de sus texturas y sabores.

Pasen la página y miren la receta en la otra cara de este blog.

Mi amigo J. estuvo bastantes minutos preocupados por la raja, y no la de la falda de la camarera sino la de limón que pensaba ponerle a su café con hielo, con gran sorpresa por parte de la mayor parte del resto de presentes en la mesa, a los que ponerle limón al café les resultaba raro, pero no ponerle hielo, ni tampoco ponerle hielo al café con leche. Yo, fiel a mi costumbre, lo tomé solo y cortito. Pero J. decidió que yo tenía autoridad suficiente para respaldar su teoría de que el limón es imprescindible y reclamó, naturalmente, un post en Colineta sobre el asunto. Misión cumplida

Lo coñero es que poco después encontré en el supermercado un café soluble que se anuncia como especial para el café con hielo.

Esto de mezclar café y hielo es muy español. No vayan a Italia, uno de los países donde mejor se prepara el café, a pedirlo con hielo, porque seguramente no va a sacar más que un dolor de cabeza o, si cabe, dos: el propio y el del camarero que lo atienda. A medio mundo le parece bien tomar en verano te helado (puede que el cine norteamericano tenga algo que ver en el caso), pero cuando al café se le invierte la temperatura comienza la gente a escandalizarse.

Sobre el asunto del limón, pues que les voy a decir, que hay para todos los gustos y no es la primera vez que lo veo hacer aunque a mí, que a veces en verano tomo uno, nunca se me ocurrió hacerlo. Prometo que en la próxima ocasión no va a faltar el limón, que de todo hay que probar.

Dándole vueltas al asunto de poner hielo en una bebida que se elabora con agua hirviendo, me vino a la cabeza el éxito que Pichi tenías con los helados que servía de postre en su bar-restaurante de la calle Torres Miranda, en Madrid. Disculpen si no pongo el nombre del local, pero es que no lo recuerdo. Pichi tenía una personalidad tal que ahora que lo pienso igual nunca nadie supo como se llamaba el local porque siempre decíamos lo mismo: vamos a tomar algo a Pichi.

El caso era que los helados del Pichi estaban siempre en su punto. Blanditos, cremosos, nunca servía uno de esos tan congelados y duros que había que partirlos a golpes. Un día nos descubrió el secreto: antes de llegar a la mesa los helados siempre pasaban por el microondas. Aquello me recordó cuándo muy niña mi prima A. llegó junto a mi abuela con un cucurucho que le acababan de regalar pidiendo que lo metiera un poco en el horno porque estaba muy frío, o cuando la madre de C. quiso aprovechar el Tulipán que quedaba pegado en el envase, echó dentro un poco de leche y lo puso sobre la plancha de la cocina encendida. Eran tiempos en los que los plásticos no eran tan comunes como ahora. Ni que decir tiene que para limpiar la plancha tuvieron que aplicarse a fondo con el Pedramol.

En fin, que al final llegué a la conclusión de que una cosa es la temperatura necesaria para preparar el café y otra la temperatura a la que se consume la bebida. Porque a mí tampoco me gusta el café demasiado caliente.

Hoy volvieron a mi cabeza los grandes momentos pasados en la hace tiempo desaparecida Taberna Cubana, que se situaba en la madrileña calle María de Guzmán, a espaldas de esa maravilla realizada por el arquitecto gallego Antonio Palacios que es conocido como Hospital de Jornaleros de Maudes, hoy sede de algunos organismos oficiales de la Comunidad de Madrid. Se ve que a Palacios le gustaba darle a sus obras un aspecto distinto del uso al que iban dirigidas, de manera que el Hospital a todos les parece una iglesia y Troski, en su estancia en Madrid, rebautizó el Palacio de las Telecomunicaciones, antigua sede de Correos en la Plaza de la Cibeles, como “Nuestras Señora de las Telecomunicaciones”, porque no parece una iglesia, sino una catedral. Otra obra destacable de Palacios en la zona es el edificio del Banco Central. Por imperativo legal no se podían construir más de dos pisos, que son los que el edificio tiene exteriormente, pero por dentro deben ser cinco o seis.

En fin, que la arquitectura madrileña de comienzos del siglo XX tiene un nombre propio fundamental: Antonio Palacios.

Pero la cosa iba no de arquitectura madrileña sino de la Taberna Cubana, en la que tantos momentos estupendos pasé en otro tiempo. Tan pequeña tan pequeña que con una docena de clientes ya se llenaba y con quince revertía, que era la situación habitual el establecimiento. El mérito era de Elma, una habanera descendiente de gentes de la parroquia de Noche del ayuntamiento de Vilalba (Lugo).

Elma recordaba a su abuelo vilalbés y como con frecuencia preparaba el cocido en la Habana y con las sobras del mismo (carnes, garbanzos, verduras e incluso los fideos de la sopa a los que escurría el caldo) hacía una tortilla a la que según la habanera llamaba “molleta”. Yo anduve por Galicia detrás de la molleta pero no fui quien de encontrar su rastro y además el nombre, de aspecto catalán, me tiene algo despistado.

En la Taberna Cubana Elma no ponía molleta. Su especialidad eran los cócteles cubanos de toda la vida. Hacía los mejores mojitos y daiquirís que haya probado en mi vida, y además me enseñó a hacerlos, pero nunca fui capaz de sacar en el daiquirí el punto que ella conseguía. Y también preparaba mulatos, cubanitos, jaibol, y tantos otros, siempre con auténtico ron cubano (Habana Club) lo que muchas veces le llevó a tener sus más y sus menos con lo peor de la colonia cubana en Madrid e incluso a recibir anónimos con graves amenazas, que yo mismo tuve en mis manos.

No le importó y siguió empleando Habana Club, que entonces era el único ron cubano que había en España, porque decía que todos los demás no valían para su trabajo. En la Taberna ofrecía el catálogo completo de Habana Club, que entonces eran los de 3, 5, 7 y 15 años, así como el Edmundo Dantés, de 25.

Elma incluso inventó su propio cóctel. Resulta que en un tiempo los importadores de Habana Club, que entonces era la firma española Larios, traían de Cuba el ron y un licor dulce, de canela, de baja graduación (alrededor de 20 grados) que se llamaba Licor Diabólico. De alguna manera se arreglaron para obligar a los consumidores de ron a comprar también el Diabólico y nuestra amiga, que se negaba a vender chupitos a los chavales que entonces aun no hacían botellón, solo le encontró un destino: el cóctel Diabólico Cubano.

En un vaso de mojito (vaso de tubo pero más bajo que los normales y, por lo tanto, de menos capacidad) ponía una gotas de zumo de limón, unas piedras de hielo, un chupito de Habana Club 3 años y otro chupito de Licor Diabólico. Después llenaba de zumo de naranja natural hasta el borde, removía y listo.

De verdad que era diabólico el combinado, porque entraba como agua y se subía a la cabeza como el ron y el licor que llevaba. Así que no era raro que los que se atrevían con un diabólico después de seis o siete mojitos o daiquirís acabaran algo chispas.

Pero yo iba a hablar aquí del sorbete de mojito y ya agoté el espacio, así que mejor será que le den la vuelta a la página para mirar la receta.


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