Volver la los diecisiete/ después de vivir un siglo/ es cómo descifrar signos/ sin ser sabio competente”. Ni siglo ni sabio ni competente, pero el otro día volví a los diecisiete paseando Mondoñedo con un manojo de libros bajo el brazo, como en mis tiempos de estudiante de bachillerato en la antigua capital de provincia donde tuve el privilegio de saludar una tarde a Álvaro Cunqueiro. Lástima que entonces no admiraba al mindoniense como ahora y todo quedó en un saludo propiciado por las sobrinas del escritor, compañeras mías de clase.

Entre los objetivos de la visita a la villa episcopal estaba gestionar la publicación del primer texto culinario gallego del que se tenga conocimiento, que por el momento duerme entre otros manuscritos, casi doscientos años después de ser escrito seguramente en la villa natal de Cunqueiro.

Aparqué frente al cementerio viejo y la primera visita fue a las tumbas de Álvaro y Manuel, Cunqueiro y Leiras Pulpeiro, el médico-poeta al que el clero de la época no le perdonó su hondo sentimiento anticlerical mandándolo al cementerio civil. Cuentan que en la noche posterior al entierro muchos paisanos de la zona, agradecidos con el médico, acarrearon sacos de tierra de los cementerios de sus parroquias para que Leiras reposase, a pesar de todo, en tierra sagrada. Esta primavera (mil primaveras más para la lengua gallega deseó Cunqueiro) enloquecida no permitió aun que floreciera el rosal que hay al pie del panteón de Leiras, que en un poema pidió rosas rojas a su lado.

Camino del centro de la villa pasé ante el viejo cuartel de la Guarda Civil, una impresionante casa grande, y después miré sin ver el escaparate de la antigua confitería de Pura, donde me pareció ver sus afamadas tartas entre no sé que mercancías actuales. Puede que una tienda de ropa.

Y después la antigua pensión del Manxarín, donde vivían buena parte de mis compañeros de bachillerato y que tenía comedor para los alojados en la casa y los viajeros y viajantes que pasaban por la villa, situación que se repetía algo más adelante en “El Valle de Oro”, donde comí con mí padre la primera vez que visité Mondoñedo para hacer los exámenes de primero que había preparado por libre. Comí una “carne asada” deliciosa, cuyo sabor aún tengo en la boca. Tenía yo entonces 11 años.

No era hora de cocer y por eso la panadería Castro no me agasajó con sus aroma de pan y empanadas acabadas de hacer, y acabé tomando un café en el bar Central, después de mirar un momento para el escaparate del local donde comenzó su aventura empresarial el Rey de las Tartas, donde siguen vendiendo las mismas magdalenas que hace casi cuarenta años.

En el Central tomé café, que aún era temprano, pero me quedaron ganas de pedir una de aquellas tapas de zorza que comíamos cuándo estudiantes.

Desde el bar miré la calle donde Manolo Montero, cuando aún no era el Mago Merlín pero sí Manolita Montero para las malas lenguas, tenía su librería ahora convertida en museo. Durante cinco años Montero fue mi librero (Cunqueiro dijo que era su “librero de cámara”) y proveedor de material de papelería, lo mismo que Alvite, para quien siempre me daba recuerdos mi padre ya que se habían conocido en Cuba.

Y miré el viejo local de la imprenta donde de joven compraba las fichas en las que preparabamos la asignatura de historia y donde siempre me gustaba ver a Fernando imprimiendo tarjetas o folletos en una vieja Minerva semiautomática. En la Alianza, que hace 104 años era “dulce” y anunciaba en la prensa local sus buñuelos de viento y huesos de santo (¿quién dijo que son cosa reciente?), no había cañas de hojaldre rellenas de crema, que tanto le gustaban a mí padre, así que seguí camino para mirar un momento la Catedral. Y como la hora de la cita iba acercándose volví hacia arriba y pasé delante del ya inexistente ultramarinos en el que comprábamos las campurrianas y las vainillas. Y vi el viejo Meilán y el Troita, que ya no están, y la Tropicana que parece seguir igual. Afortunadamente no me encontré con ninguno de los viejos compañeros, lo que me evitó las lágrimas.

Como había que aprovechar el tiempo pasé por el juzgado para preguntar por un asesinato del tiempo de Jack el Destripador que me trae de cabeza, y miré otra vez la Alcántara, que me pareció mucho más pequeña de lo que era entonces, y el sitio en el que algún día estará la fundación, o como le llamen, Álvaro Cunqueiro, un viejo proyecto mindoniense que el Gobierno no da desarrollado. A ver si el ministro de Cultura, cunqueiriano de pro, consigue terminar con este olvido.

Salí de Mondoñedo por delante de la Fonte Vella y el viejo Seminario, con el corazón lleno de recuerdos y saudade. De la ventana de un viejo pazo salía la voz de Violeta Parra: “… volver a ser de repente, tan frágil como un segundo…”

Don Merlín no fue capaz de arreglar la princesita inglesa de cristal que se rompiera y que llegó hasta Miranda de la mano del también inglés Maestro Flute, tal como nos cuenta Álvaro Cunqueiro en su primera novela, Merlín y familia y otras historias, con cincuenta años recién cumplidos.

Para la cena, a Maestro Flute “la señora Marcelina le puso delante, en la tabla del escaño, una enfaragullada de harina de trigo con torreznos y una jarra de vino de San Fiz…” cuenta Cunqueiro. Ya no se hacen enfaragulladas en las casas donde en tiempos fue plato propio de cenas y meriendas, reduciéndose después a postre para acabar desapareciendo de nuestros usos y costumbres habituales. Seguramente aún quedan casas en las que de vez en cuando se cocinan las enfaragulladas o faragulladas, pero reducidas a meros testigos del pasado.

Por eso me satisface especialmente la iniciativa de una asociación de A Pontenova, en la tierra de Miranda, que en el pasado mes de agosto, y por segundo año consecutivo, organizó la fiesta de la Faragullada, en la que se pudieron comer los faragullos acompañados de miel, azúcar, chorizos y torreznos. Todo un acierto dedicar un día a la recuperación de una memoria culinaria que estamos perdiendo día tras día.

En A Pontenova cocinan los faragullos mezclando agua, leche, harina de trigo del país, huevos de casa y sal. La masa se fríe en sartenes de hierro trabajándola con la espumadera para que quede en trozos lo más pequeños posibles, en faragullos. Después cada uno les pone el acompañamiento que más le guste.

Tradicionalmente se freían unos trozos de tocino en la sartén antes de echar en la misma la masa de los faragullos. Cunqueiro gustaba de este plato acompañado de miel del país: “Y lo que mas sabe de los faragullos es el encontrar en el bocado escondido un torreznito, que pone en la boca, al lado de la miel, un punto de salado” decía.

Para arreglar unos faragullos necesitamos un huevo batido por persona, mezclado con cuatro cucharadas de harina de trigo del país, sal y agua y leche, a partes iguales, que se necesite para obtener una masa espesa. Se pone algo de aceite en la sartén y se fríen unos trozos de panceta, echando a continuación la masa de los faragullos y a remover continuamente, partiendo la masa lo más posible, hasta que los faragullos estén dorados. En seguida se echan en una fuente, se añade miel y se sirven de inmediato.


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