Los defensores del uso de aditivos en la cocina, por lo menos en la cocina de los grandes chefs, que a día de hoy son legión, tienen un nuevo referente para reforzar sus tesis en blogs y tertulias: el artículo que Rosa Rivas publica en El País con entrecomillados de la Agencia Nacional de Seguridad Alimentaria (AESAN), extraídos de la página web de este organismo estatal dependiente del ministerio de Sanidad y Consumo. De dichos entrecomillados se puede deducir que los preocupados por el uso de aditivos, legales o no, en la cocina somos algo paranoicos.

Lástima que en El País no se publique también lo que yo entrecomillo a continuación, que se encuentra en la misma página del apartado de “preguntas frecuentes” de la web de Aesan de la que el periódico sacó lo que sí publica.

Aesan dice:

Pese a todas estas garantías, el Código Alimentario Español sólo contempla la utilización de aditivos si:

- Existe una necesidad manifiesta y representa una mejora evidente sobre las condiciones de los alimentos.

- Se ha comprobado experimentalmente que su uso está exento de peligro para el consumidor

- Reúnen las debidas condiciones de pureza

- Pueden identificarse en los alimentos mediante métodos analíticos sencillos

Se prohibe la utilización de aditivos siempre que exista la posibilidad de lograr los mismos efectos por otros métodos, si puede provocar engaño al consumidor por enmascarar la verdadera calidad del alimento, si disminuye el valor nutritivo de los alimentos, o si los alimentos a los que se agregan pueden ser una parte importante de la ración de grupos vulnerables (lactantes, niños).”

La metilcelulosa de Santi Santamaría está originando la publicación de informaciones relacionadas con el uso de ciertos productos en la cocina. Ayer leía en consumaseguridad una información sobre componentes de algunos envases plásticos y hoy en el mismo canal del grupo Eroski se puede leer un artículo sobre los posibles riesgos microbiológicos del agar-agar, que es precisamente la sustancia que se emplea en los laboratorios para cultivar microorganismos.

Firma el artículo Maite Pelayo, microbióloga especializada en seguridad alimentaria.

Vuelvo sobre lo que he dicho ya varias veces: seamos prudentes en lo que publicamos.

Según leo en consumaseguridad, uno de los canales electrónico del grupo Eroski, las autoridades sanitarias de Canadá acaban de declarar el bisfenol A cómo sustancia peligrosa para la salud. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ya anunció que va a revisar su postura respeto de este elemento, que por el momento es de uso legal.

El disfenol A está en la composición, entre otros, de biberones infantiles, materiales de envasado fabricados con policarbonatos, botellas de agua, recubrimiento interior de latas de conserva, etc. Evidentemente no todos los envases citados tienen porque contener disfenol A y las autoridades canadienses parecen actuar por prudencia ante posibles efectos negativos.

Casos como este se dan continuamente en la industria agroalimentaria. Las nuevas técnicas, los nuevos aparatos, los nuevos conocimientos permiten cambiar de idea de un día para otro y lo que ayer se consideraba inocuo hoy es peligroso.

El conocimiento de la alimentación y todo aquello que lo rodea avanza cómo todas las ciencias. Todavía recuerdo que cuándo era niño mucha gente moría de una enfermedad hoy desconocida: el “de repente”. Una enfermedad que desapareció cuando la gente comenzó a escuchar hablar del infarto, por ejemplo.

¿Imaginan ustedes la que se iba a armar si cualquier día nos llega otra noticia como la del bisfenol A pero protagonizada por la metilcelulosa?. No me cansaré de decir que en estos asuntos hay que ser muy comedido, pero cada día veo más imprudentes en la red.


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