Condenado a muerte en Zaragoza ante su última cena: En viaje largo, llevar la tripa llena, ahorra las alforjas

La publicación de un informe sobre la última cena de los condenados a muerte en Estados Unidos, a la que hace referencia El Comidista, me llevó a buscar los datos que hace más de un año recogí en la misma línea, pero referidos a ejecutados en España, después de leer “No matarás” de Salvador García Jiménez.

La pena de muerte me tortura desde que escribí “El crimen de Santa Cruz de O Valadouro” (Edicións do Castro, 2004), una crónica sobre el asesinato de dicho cura, dos criadas y un criado con el objetivo de robar el dinero que había en la rectoral.

Corría entonces el año 1888, cuando Jack el Destripador hacía de las suyas por Londres, pero los asesinos del cura rápido cayeron en las manos de la Guardia Civil y fueron condenados por asesinato a la pena de muerte en el garrote. Pocas horas antes de la ejecución llegó la condonación de la pena de cinco de ellos, pero el sexto fue finalmente ejecutado por el verdugo de Valladolid, el famoso Lorenzo Huerta. El indulto no solo salvó a cinco reos, sino también al verdugo de A Coruña, José Mayer, de tener que hacer lo que más temía: ejercer su oficio.

En el trabajo de documentación para mi libro no encontré información sobre la última cena de los seis condenados por este caso, pero sí de lo que comieron el día antes de la ejecución: guiso de bacalao con patatas, sopas de ajo con huevos y vino de Jerez.

De la lectura del libro de Salvador García Jiménez, catedrático murciano que me agasajó elogiando mi trabajo en su libro, saqué información sobre la última cena de otros reos españoles.

Manuel Ramírez de Peñaflor fue puesto en capilla el 29 de abril de 1889, en Zaragoza. Quiso cenar sesos, carnero, merluza, jamón o longaniza y fumar buenos cigarros. “En viaje largo, llevar la tripa llena, ahorra las alforjas” parece que dijo.

En 1892 fue ejecutado en Barcelona Aniceto Peinador, culpable de un doble homicidio. Su última cena consistió en sopa de macarrones, cocido, merluza, dulces y fruta.

La noche previa a su ejecución en Alcañiz, en enero de 1894, Ramón Benito Ortiz cenó media libra de carne, dos pescados, una pera y dos vasos de vino. Después tomó café.

En febrero de 1897 Gregorio Tomás Yuste pidió anguilas para su última cena, pero no había, de modo que cenó sopa y cabrito asado. Fue ejecutado en Ejea de los Caballeros.

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