Fraudes

De Colineta

La actuación de la Junta de Andalucía retirando del mercado marcas de aceite que decían vender algo diferente de lo que había en la botella me lleva a pensar en los habituales e incesantes fraudes comerciales que sufrimos los consumidores, entendiendo cómo “fraude comercial” aquel que nos afecta al bolsillo pero no a la salud. Nos dan gato por liebre, pero gato apto para el consumo.

Yo, que empecé en el mundo del periodismo hace tres décadas con un reportaje sobre el asunto siempre estuve muy sensibilizado con el tema. En aquel primer reportaje escribía sobre alubias de todo origen, incluidas de importación, que se hacían pasar por originarias del Barco de Ávila, que entonces tenían mucho predicamento en Madrid.

Y sigo sensible con el asunto, siendo consciente de que hay cosas que todos consideramos fraude, incluidas las autoridades porque contravienen las leyes y normativas legales establecidas, y otras que respetando esas leyes huelen a tomadura de pelo en toda regla, lo que automáticamente me lleva a pensar en que las leyes están mal hechas o, pensando mal, cosa que se me de la bien, que las leyes están hechas a la medida de la industria y sin pensar para nada en el consumidor.

En este segundo cesto meto, por ejemplo, todos esos alimentos industriales, como por ejemplo margarinas, que en su etiqueta ponen, muy grande, tres palabras mágicas: Aceite de oliva. Y después en la composición indican, muy pequeño, que de aceite de oliva llevan el 15 por ciento del 40 por ciento de la materia grasa de que están compuestas, es decir, una miseria frente a otros aceites y grasas que no detallan.

En el primer caso están esas marcas de aceite que prometen virgen extra y dan virgen o cualquier otra cosa.

Claro que el problema no está únicamente en Andalucía y en el aceite. En Galicia hacía falta que las administraciones actuasen con contundencia alrededor de uno de nuestros productos estrella: el marisco.

Miles de personas son engañadas cada día, en Galicia y fuera de ella, con “marisco de la ría” que nunca puso los pies en aguas gallegas. Los espabilados se aprovechan del desconocimiento del consumidor y de la deficiente trazabilidad de los productos del mar, para vender, hoy mismo, bogavante gallego. Busque en internet y seguro que rápido le proponen enviarle a casa unos estupendos bogavantes gallegos, eso sí, con precios alrededor de 50 euros los kilo.

Antes de encargarlos debe saber que el bogavante está en veda desde el pasado 31 de agosto, así que, con suerte, le van a mandar bogavante procedente de Escocia o Irlanda que, por suerte para usted, es tan bueno como el gallego. Pero no es gallego.

No se desespere si ya se la colaron, porque lo hacen con cualquiera. Hace pocas semanas también comieron bogavante gallego, en Galicia, algunos expertos gastrónomos que no tuvieron la precaución de hablar con el bicho antes de meterle el diente. Por el acento lo hubieran distinguido fácil.

Lo más lamentable del asunto es que existe el prototipo de una máquina, diseñada en Galicia, que permitiría marcar uno por uno los bogavantes capturados en nuestras aguas, y los centollos, las nécoras, las ostras, los berberechos, las navajas. Si el don de lenguas se transmitiera a través de lo que comemos, los gallegos hablaríamos cuatro o cinco.

Por cierto, lo que esta semana vi en el Franco compostelano, que muchos seguramente confundirán con un santiaguiño enormes es, en realidad, cigala real. Posiblemente procedan de los viveros que tiene un vigués en Senegal. Cuentan que es un marisco de muy buena calidad.

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