El aroma del viño del Ulla

Aprovechando un momento de descanso en el trabajo estaba leyendo en Álvaro Cunqueiro sobre la laguna de Antela, esa laguna que estaba en las tierras de la Limia, en la provincia de Ourense, y que tuvieron que bordear las legiones de Décimo Junio Bruto “el gallego”, para llegar hasta las riberas del Limia donde los legionarios pararon en seco, porque vieron en ese río, que compartimos gallegos y portugueses del norte, el Lethes, el río que les robaría la memoria, impidiéndoles volver a casa. La cabezonería del general romano, que atravesó las aguas y desde la otra orilla comenzó a llamar a los legionarios por su nombre, demostrando que no había perdido la memoria, le abrió las puertas de Galicia a la dominación romana y, en un instante, cambió para siempre nuestra historia.

La laguna de Antela, que ya no existe porque el franquismo quiso desecarla para ganar para Ourense extensión de tierra cerealista y solo consiguió dejarnos sin laguna y sin trigales, la laguna, digo, esconde ese tesoro de la ciudad sumergida de Antioquia, que ahora que ya no hay aguas solo se muestra a los ojos de los que saben mirar con el corazón, da cobijo también a un tropa legendaria; los Caballeros de la Tabla Redonda que, según cuenta a leyenda, aguardan el regreso del rey Arturo convertidos en mosquitos. Tal vez por eso sea la Limia la única zona de Galicia donde siempre fue bien visto capturar ranas y comer sus ancas rebozadas, después de un adobo de ajo.

Decía que estaba leyendo lo que Cunqueiro cuenta sobre la laguna de Antela mientras otra parte de mi cabeza cavilaba sobre el fastuoso espectáculo que tuvo que suponer el estanque de vino del Ulla que hizo construir Felipe el Hermoso en la plaza del Obradorio para celebrar su presencia en Compostela en el año santo de 1507. Leía por un lado y cavilaba por el otro cuando a mi nariz llegó un vívido aroma de vino del Ulla, ese clarete ilegal, hecho con uva catalana, híbrida y por lo tanto prohibida para vinificación, que aún se puede probar en tantas casas de la zona, en algunas tabernas y también en alguno de los puestos de pulpo de la Santa Minia, en Brión.

Tan real era el aroma del vino, ligero, ácido y muy, muy aromático (dicho sea de paso que de su orujo se elabora el aguardiente, este legal, más aromático y sabroso de Galicia) que tuve por un momento que dejar la lectura y las cavilaciones para comprobar de donde venía el aroma a vino. Pero yo estaba solo, no había alrededor mío ninguna botella de vino, ni del Ulla ni de otro origen, del que pudiera proceder el aroma.

El aroma a vino del Ulla seguía allí, como diría Monterroso. Y aún continuó durante unos minutos más.

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