Comer y leer

A veces yo son un poco anticuado y me gusta que la carne sepa a carne, el pescado a lo que es y los puerros a puerros, como sucede con los del amigo Marcelo, que primero los descompone para después volver a componerlos, en un trabajo que sería inútil si el resultado no fuera sido tan rico y sorprendente.

Decía que a veces me sale la vena tradicional y quizás por eso me puse de la parte del Asador Frontón aquel domingo de hace muchos años, décadas ya, en que su propietario le negó a Fernando Point, crítico entonces de El País, o de su suplemento dominical, un poco de mostaza para acompañar la espléndida carne de buey o de vaca que allí servían. Por mucho que se empeñe el virus que me anda por la barriga, no dejo de salivar pensando en aquellas carnes y la cuajada, hecha en la casa con leche de oveja, que servían con una estupenda miel.

Y puede que por eso mismo mis experiencias con los restaurantes vegetarianos, que fueron pocas, nunca fueron satisfactorias. Si espero que la carne sepa a carne y no a puerros, y la lubina a pescado y no a patatas, también aguardo que las verduras sean lo que son y no entiendo porque hay que imitar el sabor de la carne en unas croquetas vegetales cuando el falafel es una maravilla o porque hay que imitar las hamburguesas, las salchichas o los bistés con productos del reino vegetal como el tofú.

No me queda, pues, más remedio que reconocer que no me tientan nada los restaurantes vegetarianos. Pero a veces las cosas cambian.

Es el caso del restaurante vegetariano Gálgala (Rúa do Pracer, 4. Vigo) en el que la gastronomía se une a la literatura a través de micro relatos publicados en la carta, tal como ayer escuché en la radio. Igual un día les hago una visita.

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