Historias de un callejón

Eran otros tiempos. Las pocas farolas públicas que pretendían iluminar por la noche la villa tenían, cada una de ellas, un interruptor. Sigo viendo en mi cabeza aquella mujer del barrio de Triana que cada noche las encendía por medio de una larga vara y, supongo, las apagaba de madrugada.

No les extrañe que en Ferreira tengamos un barrio de Triana, porque en O Valadouro hay también una Castellaña, un Escorial, Zaragoza y, según decía mi padre, un Bilbao que yo no conozco y una fuente donde el agua sabía a naranja con el solo imaginar que así era. Naturalmente, se llama la fuente de la laranxeira. En el Valadouro tuvimos también aceras de cristal, allá por el Cadramón, pero nunca nadie las vino, así que tendré que pensar que las tales aceras salieron de alguna imaginación.

Entonces el Calexón que lleva de la plaza a la iglesia no estaba iluminado, así que era trastada habitual de los chavales emplearlo para intentar asustar a las mujeres que a la caída en la noche iban a misa. Una linterna apoyada en el mentón e iluminando la cara de abajo hacia arriba era el habitual, pero por esta época del año las linternas acababan dentro de una calabaza, robada de cualquier huerta del entorno, vaciada y en la que tallábamos un rostro lo más espantoso posible.

De aquella mirábamos en el televisor del Bar de Abaixo, o en el de Os Lobos, Viaje al fondo edl mar o El agente de la Cipol, así como los dibujos animados de Mister Magoo. Nada sabíamos de Halloween. En verano la trastada cambiaba y consistía en llevar a algún madrileño hasta el cementerio a llamar al de las medias blancas. Si todos los españoles en América son gallegos, entonces en O Valadouro todos los emigrantes que volvían en las vacaciones del verano eran madrileños.

Tampoco sabíamos nada del estupendo caldo que podríamos hacer con aquella calabaza. Una receta que venía de los tiempos dell hambre y que, por lo tanto, había sido desterrada de la memoria colectiva e individual del país, como tantas otras que ahora, desde otra perspectiva, nos parecen maravillosas, como el pan de maíz o el de centeno.

A mí no me gusta el Halloween, una vieja tradición pagana olvidada en Europa y mercantilizada en los Estados Unidos. Pero reconozco que para los niños resulta mucho más divertido salir a pedir golosinas que asustar viejas en una esquina oscura.

Además, seguro que solo por jodernos, el ayuntamiento puso farolas en el Calexón.

Actualización: El cantautor de O Valadouro, Miro Casabella, habla del Samaín y de como en Ferreira en si niñez se celebraba con calabazas. El pertenece a la generación que le enseñó la tradición a la mía[/lang]

Un comentario sobre “Historias de un callejón

  • el 01 de noviembre de 2009 a las 20:26 08Sun, 01 Nov 2009 20:26:38 +000038.
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    O de pedir lambetadas dudo que sexa moito mais divertido que aquelas trastadas, eu solo con lembralo, ponseme a carne de galiña, pero de añoranza. E si, o concello fodeunos e puxo farolas naquel calexón, xa casi non se pode xogar nin ao “pin,pan,muerto”. Por certo, na foto estás casi irreconocible.

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