Achicoria

Chicoria“. Muchas veces de niño escuché esa palabra cuando el café era demasiado ligero o de mala calidad. Pero en mi casa, en la de los abuelos, de los tíos y resto de la familia yo nunca vi un paquete de achicoria, como tampoco los veía nos ultramarinos donde mi madre o mi abuela me mandaban hacer los recados: la casa de Ramón Blanco, que había sido joyero en la Habana, o la de Hortensio, donde tenían una bomba con vaso medidor para despachar el aceite a granel.

Para mí la achicoria era un misterio, algo del pasado que los mayores llevaban aún en cabeza. A veces hablaban de los tiempos de la guerra y posguerra en la que ni había café ni cuartos para comprarlo, así que había que echar mano de la achicoria.

Así que cuando hace unos días vi en el supermercado achicoria La Niña no lo dudé y llevé un paquetito de cuarto de kilo.

La prueba la tuiteé en directo:

Tomando una infusión de achicoria por primera vez en mi vida: aromas tostados, a bosque en verano, balsámicos…”

y después:

En boca recuerdos de sopas japonesas. Ligero toque amargo que permanece en boca. Recuerdos de almendras amargas y bizcocho al horno de leña“.

¡El bizcocho que hacía mi tía Pepita!

No estuvo mal la experiencia. Mientras escribo el post tengo encima de la mesa el paquete de La Niña y sus aromas me llaman a repetir.

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