Tapas de sopa

Vengo de tomar una estupenda tapa de sopa acompañada de un vino y las inevitables patatas fritas “chips”.

Se trataba de una sopa de verduras y legumbres con pasta. Vaya, que no sé como se arreglaron en el bar para poner todo dentro de una taza de café tirando a pequeña.

Acostumbrados a callos, empanada, pulpo y tapas semejantes, siempre sorprende la sopa, pero no es la primera vez que me la ponen ni será la última.

Aún recuerdo un frío día de invierno (sábado o domingo, seguro) que en la Pobra do Caramiñal nos pusieron de tapa una taza de caldo, caldo gallego, con sus habas, sus patatas, las nabizas y un trocito de chorizo en medio. Nos pareció espléndido.

Donde la sopa es tapa relativamente común es Madrid. Allí, muchos bares y tabernas tradicionales sirven en invierno, para acompañar al Valdepeñas o a la caña una tacita de caldo, caldo limpio, resultado de cocer en una gran olla los huesos de los jamones que se venden en el mismo local en raciones. En alguno de estos bares he visto inmensas ollas de aluminio, puestas a la lumbre, de las que sobresalían las uñas de varios jamones.

Pero las tapas de sopa que siempre más me gustaron a mí fueron las de A Selva, el bar que en Ferreira do Valadouro regentó un tiempo el Langredo, mutilado de guerra, matachín y sumiller reincidente hasta que la prescripción médica lo sacó del vino.

Yo no conocí A Selva, que en mi tiempo el local estaba ya ocupado por el taller de zapatería de Reixa, pero sé de ella y sus tapas por mí padre, hechos todos ellos confirmados por el propio Langredo.

A Selva nació para darle la réplica a Os Lobos y O Bosque, que se encuentran en el extremo contrario de la villa. Tampoco conocí O Bosque, pero fui cliente fiel de Os Lobos hasta el fin de sus días. En Ferreira ya no quedan tabernas de las de antes, pero a mí me siguen gustando las tapas de sopa del Langredo.

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