He escrito en varias ocasión sobre la Colineta y estaba convencido de que alguna vez lo había hecho aquí, en el blog, pero acabo de descubrir que no buscando esos artículos para enlazarlos con este. Así que llegó la hora de hacerlo y además rescataré los artículos sobre este dulce publicados en el periódico El Progreso para ponerlos aquí.

En las tierras de O Valadouro y próximas, para los de mi generación y anteriores decir colineta es recordar uno de los dulces más maravillosos que hayamos probado en nuestra vida, la verdadera ambrosía de los clásicos. Y además recubierto del misterio que producía el secreto de su fórmula, un club del que formábamos parte un grupo muy reducido de personas juramentadas para que no trascendieran fuera del mismo más que los ingredientes que la componen.

Primero fue A Pisona, la Tía Aurora para familiares y allegados. Hermana de mi abuelo por línea materna, mantenía en su casa un negocio de elaboración de dulces por encargo, así que en las épocas de fiesta trabajaba sin parar. Artesanía pura, huevos caseros si los había (admitía que los clientes llevaran sus propios huevos, que descontaba del precio de los dulces), materias primas de primera calidad y un horno de piedra tradicional, más que centenario, que le daba a los dulces un toque inimitable. Con ella trabajó Pepita, sobrina de Aurora y tía mía. Y con ella terminó una corta pero intensa tradición familiar, y se acabaron las colinetas en O Valadouro. Pepita quería que yo continuase con el negocio, pero me conformé con heredar sus recetas.

Claro que, contra lo que muchos piensan por aquellas tierras, la colineta ni era receta exclusiva de la Pisona ni propia, típica, de O Valadouro. En Asturias hay colinetas, probablemente las hubo en el País Vasco y también en Cataluña. Pero con variaciones entre unos sitios y otros.

Por Bernarda, de A Troia, me entero de que la receta de la colineta está publicada en internet y me conecto rápidamente para comprobar que se trata de una copia de la receta publicada en 1935 por la Marquesa de Parabere en su libro “Enciclopedia culinaria. Confitería y repostería”. Pero el gran mérito de Las recetas de mamá es que adapta la receta de la colineta para prepararla con la thermomix. Se equivoca, en cambio, en la temperatura del horno, que no debe sobrepasar los 150 grados centígrados para que resulte una verdadera colineta, que es un bizcocho ligerísimo y delicioso. Cocida a 180 grados parece más una tarta de Santiago que una colineta.

Porque en realidad la composición de la colineta es la misma que la de la tarta de Santiago: almendras, huevos, azúcar y ralladura de limón. Nada más y nada menos.

En Las recetas de mamá recomiendan la colineta para celíacos. Y muy acertadamente, ya que no lleva harina de ningún tipo y, que yo sepa, ni las almendras, ni los huevos ni el azúcar contienen gluten.

¿Cuál es, pues, el origen de la colineta? ¿Cómo se hace?. El post ya va siendo algo largo y para responder a ambas cuestiones necesito, como mínimo, otro tanto de espacio, así que… continuará.


Mi amigo J. estuvo bastantes minutos preocupados por la raja, y no la de la falda de la camarera sino la de limón que pensaba ponerle a su café con hielo, con gran sorpresa por parte de la mayor parte del resto de presentes en la mesa, a los que ponerle limón al café les resultaba raro, pero no ponerle hielo, ni tampoco ponerle hielo al café con leche. Yo, fiel a mi costumbre, lo tomé solo y cortito. Pero J. decidió que yo tenía autoridad suficiente para respaldar su teoría de que el limón es imprescindible y reclamó, naturalmente, un post en Colineta sobre el asunto. Misión cumplida

Lo coñero es que poco después encontré en el supermercado un café soluble que se anuncia como especial para el café con hielo.

Esto de mezclar café y hielo es muy español. No vayan a Italia, uno de los países donde mejor se prepara el café, a pedirlo con hielo, porque seguramente no va a sacar más que un dolor de cabeza o, si cabe, dos: el propio y el del camarero que lo atienda. A medio mundo le parece bien tomar en verano te helado (puede que el cine norteamericano tenga algo que ver en el caso), pero cuando al café se le invierte la temperatura comienza la gente a escandalizarse.

Sobre el asunto del limón, pues que les voy a decir, que hay para todos los gustos y no es la primera vez que lo veo hacer aunque a mí, que a veces en verano tomo uno, nunca se me ocurrió hacerlo. Prometo que en la próxima ocasión no va a faltar el limón, que de todo hay que probar.

Dándole vueltas al asunto de poner hielo en una bebida que se elabora con agua hirviendo, me vino a la cabeza el éxito que Pichi tenías con los helados que servía de postre en su bar-restaurante de la calle Torres Miranda, en Madrid. Disculpen si no pongo el nombre del local, pero es que no lo recuerdo. Pichi tenía una personalidad tal que ahora que lo pienso igual nunca nadie supo como se llamaba el local porque siempre decíamos lo mismo: vamos a tomar algo a Pichi.

El caso era que los helados del Pichi estaban siempre en su punto. Blanditos, cremosos, nunca servía uno de esos tan congelados y duros que había que partirlos a golpes. Un día nos descubrió el secreto: antes de llegar a la mesa los helados siempre pasaban por el microondas. Aquello me recordó cuándo muy niña mi prima A. llegó junto a mi abuela con un cucurucho que le acababan de regalar pidiendo que lo metiera un poco en el horno porque estaba muy frío, o cuando la madre de C. quiso aprovechar el Tulipán que quedaba pegado en el envase, echó dentro un poco de leche y lo puso sobre la plancha de la cocina encendida. Eran tiempos en los que los plásticos no eran tan comunes como ahora. Ni que decir tiene que para limpiar la plancha tuvieron que aplicarse a fondo con el Pedramol.

En fin, que al final llegué a la conclusión de que una cosa es la temperatura necesaria para preparar el café y otra la temperatura a la que se consume la bebida. Porque a mí tampoco me gusta el café demasiado caliente.

Hoy volvieron a mi cabeza los grandes momentos pasados en la hace tiempo desaparecida Taberna Cubana, que se situaba en la madrileña calle María de Guzmán, a espaldas de esa maravilla realizada por el arquitecto gallego Antonio Palacios que es conocido como Hospital de Jornaleros de Maudes, hoy sede de algunos organismos oficiales de la Comunidad de Madrid. Se ve que a Palacios le gustaba darle a sus obras un aspecto distinto del uso al que iban dirigidas, de manera que el Hospital a todos les parece una iglesia y Troski, en su estancia en Madrid, rebautizó el Palacio de las Telecomunicaciones, antigua sede de Correos en la Plaza de la Cibeles, como “Nuestras Señora de las Telecomunicaciones”, porque no parece una iglesia, sino una catedral. Otra obra destacable de Palacios en la zona es el edificio del Banco Central. Por imperativo legal no se podían construir más de dos pisos, que son los que el edificio tiene exteriormente, pero por dentro deben ser cinco o seis.

En fin, que la arquitectura madrileña de comienzos del siglo XX tiene un nombre propio fundamental: Antonio Palacios.

Pero la cosa iba no de arquitectura madrileña sino de la Taberna Cubana, en la que tantos momentos estupendos pasé en otro tiempo. Tan pequeña tan pequeña que con una docena de clientes ya se llenaba y con quince revertía, que era la situación habitual el establecimiento. El mérito era de Elma, una habanera descendiente de gentes de la parroquia de Noche del ayuntamiento de Vilalba (Lugo).

Elma recordaba a su abuelo vilalbés y como con frecuencia preparaba el cocido en la Habana y con las sobras del mismo (carnes, garbanzos, verduras e incluso los fideos de la sopa a los que escurría el caldo) hacía una tortilla a la que según la habanera llamaba “molleta”. Yo anduve por Galicia detrás de la molleta pero no fui quien de encontrar su rastro y además el nombre, de aspecto catalán, me tiene algo despistado.

En la Taberna Cubana Elma no ponía molleta. Su especialidad eran los cócteles cubanos de toda la vida. Hacía los mejores mojitos y daiquirís que haya probado en mi vida, y además me enseñó a hacerlos, pero nunca fui capaz de sacar en el daiquirí el punto que ella conseguía. Y también preparaba mulatos, cubanitos, jaibol, y tantos otros, siempre con auténtico ron cubano (Habana Club) lo que muchas veces le llevó a tener sus más y sus menos con lo peor de la colonia cubana en Madrid e incluso a recibir anónimos con graves amenazas, que yo mismo tuve en mis manos.

No le importó y siguió empleando Habana Club, que entonces era el único ron cubano que había en España, porque decía que todos los demás no valían para su trabajo. En la Taberna ofrecía el catálogo completo de Habana Club, que entonces eran los de 3, 5, 7 y 15 años, así como el Edmundo Dantés, de 25.

Elma incluso inventó su propio cóctel. Resulta que en un tiempo los importadores de Habana Club, que entonces era la firma española Larios, traían de Cuba el ron y un licor dulce, de canela, de baja graduación (alrededor de 20 grados) que se llamaba Licor Diabólico. De alguna manera se arreglaron para obligar a los consumidores de ron a comprar también el Diabólico y nuestra amiga, que se negaba a vender chupitos a los chavales que entonces aun no hacían botellón, solo le encontró un destino: el cóctel Diabólico Cubano.

En un vaso de mojito (vaso de tubo pero más bajo que los normales y, por lo tanto, de menos capacidad) ponía una gotas de zumo de limón, unas piedras de hielo, un chupito de Habana Club 3 años y otro chupito de Licor Diabólico. Después llenaba de zumo de naranja natural hasta el borde, removía y listo.

De verdad que era diabólico el combinado, porque entraba como agua y se subía a la cabeza como el ron y el licor que llevaba. Así que no era raro que los que se atrevían con un diabólico después de seis o siete mojitos o daiquirís acabaran algo chispas.

Pero yo iba a hablar aquí del sorbete de mojito y ya agoté el espacio, así que mejor será que le den la vuelta a la página para mirar la receta.

Volver la los diecisiete/ después de vivir un siglo/ es cómo descifrar signos/ sin ser sabio competente”. Ni siglo ni sabio ni competente, pero el otro día volví a los diecisiete paseando Mondoñedo con un manojo de libros bajo el brazo, como en mis tiempos de estudiante de bachillerato en la antigua capital de provincia donde tuve el privilegio de saludar una tarde a Álvaro Cunqueiro. Lástima que entonces no admiraba al mindoniense como ahora y todo quedó en un saludo propiciado por las sobrinas del escritor, compañeras mías de clase.

Entre los objetivos de la visita a la villa episcopal estaba gestionar la publicación del primer texto culinario gallego del que se tenga conocimiento, que por el momento duerme entre otros manuscritos, casi doscientos años después de ser escrito seguramente en la villa natal de Cunqueiro.

Aparqué frente al cementerio viejo y la primera visita fue a las tumbas de Álvaro y Manuel, Cunqueiro y Leiras Pulpeiro, el médico-poeta al que el clero de la época no le perdonó su hondo sentimiento anticlerical mandándolo al cementerio civil. Cuentan que en la noche posterior al entierro muchos paisanos de la zona, agradecidos con el médico, acarrearon sacos de tierra de los cementerios de sus parroquias para que Leiras reposase, a pesar de todo, en tierra sagrada. Esta primavera (mil primaveras más para la lengua gallega deseó Cunqueiro) enloquecida no permitió aun que floreciera el rosal que hay al pie del panteón de Leiras, que en un poema pidió rosas rojas a su lado.

Camino del centro de la villa pasé ante el viejo cuartel de la Guarda Civil, una impresionante casa grande, y después miré sin ver el escaparate de la antigua confitería de Pura, donde me pareció ver sus afamadas tartas entre no sé que mercancías actuales. Puede que una tienda de ropa.

Y después la antigua pensión del Manxarín, donde vivían buena parte de mis compañeros de bachillerato y que tenía comedor para los alojados en la casa y los viajeros y viajantes que pasaban por la villa, situación que se repetía algo más adelante en “El Valle de Oro”, donde comí con mí padre la primera vez que visité Mondoñedo para hacer los exámenes de primero que había preparado por libre. Comí una “carne asada” deliciosa, cuyo sabor aún tengo en la boca. Tenía yo entonces 11 años.

No era hora de cocer y por eso la panadería Castro no me agasajó con sus aroma de pan y empanadas acabadas de hacer, y acabé tomando un café en el bar Central, después de mirar un momento para el escaparate del local donde comenzó su aventura empresarial el Rey de las Tartas, donde siguen vendiendo las mismas magdalenas que hace casi cuarenta años.

En el Central tomé café, que aún era temprano, pero me quedaron ganas de pedir una de aquellas tapas de zorza que comíamos cuándo estudiantes.

Desde el bar miré la calle donde Manolo Montero, cuando aún no era el Mago Merlín pero sí Manolita Montero para las malas lenguas, tenía su librería ahora convertida en museo. Durante cinco años Montero fue mi librero (Cunqueiro dijo que era su “librero de cámara”) y proveedor de material de papelería, lo mismo que Alvite, para quien siempre me daba recuerdos mi padre ya que se habían conocido en Cuba.

Y miré el viejo local de la imprenta donde de joven compraba las fichas en las que preparabamos la asignatura de historia y donde siempre me gustaba ver a Fernando imprimiendo tarjetas o folletos en una vieja Minerva semiautomática. En la Alianza, que hace 104 años era “dulce” y anunciaba en la prensa local sus buñuelos de viento y huesos de santo (¿quién dijo que son cosa reciente?), no había cañas de hojaldre rellenas de crema, que tanto le gustaban a mí padre, así que seguí camino para mirar un momento la Catedral. Y como la hora de la cita iba acercándose volví hacia arriba y pasé delante del ya inexistente ultramarinos en el que comprábamos las campurrianas y las vainillas. Y vi el viejo Meilán y el Troita, que ya no están, y la Tropicana que parece seguir igual. Afortunadamente no me encontré con ninguno de los viejos compañeros, lo que me evitó las lágrimas.

Como había que aprovechar el tiempo pasé por el juzgado para preguntar por un asesinato del tiempo de Jack el Destripador que me trae de cabeza, y miré otra vez la Alcántara, que me pareció mucho más pequeña de lo que era entonces, y el sitio en el que algún día estará la fundación, o como le llamen, Álvaro Cunqueiro, un viejo proyecto mindoniense que el Gobierno no da desarrollado. A ver si el ministro de Cultura, cunqueiriano de pro, consigue terminar con este olvido.

Salí de Mondoñedo por delante de la Fonte Vella y el viejo Seminario, con el corazón lleno de recuerdos y saudade. De la ventana de un viejo pazo salía la voz de Violeta Parra: “… volver a ser de repente, tan frágil como un segundo…”

Si vas a Calatayud pregunta por la Dolores” dice bien a las claras la popular jota aragonesa, así que mi amigo F. paró en la villa y preguntó donde quedaba la Dolores a unas mujeres que estaban en la calle. Nunca tal hubiera hecho.

Las dos señoras, ofendidísimas, montaron un revuelo al que se fueron sumando vecinas y vecinos de las casas próximas, en unos casos llamadas por las consultadas en primer lugar y en otros atraídos por el escándalo que había en la calle.

Pregunta por la Dolores”, repetían una y otra vez los congregados alrededor de F., cada vez en un tono más ofendido, ante lo que mi amigo decidió plegar velas e intentar serenar los ánimos.

Entonces tomaré algo en aquel bar”, dijo señalando un establecimiento al otro lado de la calle, momento en el que uno de los congregados de mayor edad mandó callar y, con un tono más relajado, inquirió a F.: “¿Pregunta usted por la taberna de la Dolores?. Hace ya tantos años que desapareció que mucha de esta gente ni sabe que existió”, dijo el viejo.

Mi amigo no contestó, entró en el bar y pidió una tila, mientras en la calle la gente se iba retirando a sus casas murmurando en voz baja.

La historia sucedió hace muchos, muchos años. O igual no, que yo no estaba allí y solo se lo que contaba F. De lo que sí estoy seguro es de que en Calatayud vi por primera vez en mi vida un congrio curado, colgado en la puerta de un ultramarinos de los que ya pocos van quedando. Parecía un trabajo fino procedente de remotas tierras, pero había sido curado en Muxía.

NOTA FINAL: finalizado el texto anterior busco información sobre el asunto y me encuentro conque en 1987 (años después de que F. me contase su aventura) se descubrió que “la Dolores” había sido una mujer de carne y hueso. Y también leo que Calatayud cuenta desde 1999 con un “Mesón de la Dolores” en lo que antes fue la “Posada de San Antón”.

“Bótalle azucre” é a expresión que empregamos cando queremos dicirlle a alguén, con suavidade, que se amole. Cando non temos un chisco de diplomacia, o habitual é substituír esta frase po outra máis contundente: “fódete”.

O caso é que por causa dunha broma, descubrín que miña bisavoa por liña materna-materna botáballe azucre ás patacas fritas que lle servía a meu tío-avó José María do Perrochico.

De inmediato probeinas e non me pareceu unha idea tan extravagante como pode parecer. E de seguido lembrei que miña avóa, por liña materna, tamén era moi afeccionada ao emprego do azucre en pratos que, normalmente, comemos con sal.

Así que lembro moi ben as tortillas francesas que, de neno, me poñía con azucre por derriba e que tanto me gustaban, polo que xa teño o firme propósito de volver probalas.

Tampouco é unha idea tan rara a da tortilla francesa con azucre, que pode moi ben ir reenchida de mazá ou de plátano, que previamente se pasan pola tixola cun pouco de manteiga ou un aceite de pouco sabor, preferentemente o de xirasol. Pero para tortillas doces, a de pera que me ensinou a facer miña sogra, colombiana e expertas en doces sorprendentes.

Pélase unha pera, córtase en anaquiños e pónse a cocer nun pouco de auga con azucre. Unha vez cocida retírase e no xarope que queda empapase un anaco de biscoito, unha madalena, un “sobao” ou calquera cousa semellante que se teña á man. De seguido mesturase a pera, o biscoito empapado en xarope e o ovo batido e faise unha tortilla que acaba tendo os aspecto da de pataca, pero evidentemente un gusto moi diferente. A min gústame cando aínda está morna.

Desmontado, pois, a extravagancia da tortilla francesa con azucre, teño que lembrar os ovos fritos, con azucre no canto de sal, que tamén facía miña avoa materna. E non poido lembrar o seu sabor porque penso que nunca os comín, por moitas veces que llos vira facer. Terei que probalos.

E non sei se miña avoa o fixo algunha vez (penso que non), pero miña tía Pepita, que facía as mellores colinetas do mundo, acostumaba a pasar os roxós pola tixola e servilos quentes espolvoreados con azucre, que é unha maneira distinta de comelos pero moi rica, palabra. Tampouco me parecde un uso tan estraño se temos en conta que a empanada de roxóns, noutros lugares coñecida como torta de roxóns, leva azucre, anís e pasas e resulta deliciosa.

Seguindo cos usos familiares do azucre, lembro tamén a meu tío Paco comendo aguacates de sobremesa. Párteo pola metade ao longo, saca a semente e reenche o burato con azucre. De seguido, cunha culler, vai collendo un pouco de aguacate e un pouco de azucre. ¡Rediola, tampouco os probei!, teño moita tarefa pendente. So dicir, para rematar, que meu tío colleu ese costume en Brasil, onde vive.

Un boa, espléndida ensaladilla caseira, preparada coas mellores patacas, chícharos e tomates, non pode ir á mesa sen a compaña da mellor maionesa feita cos mellores ovos, aceite de oliva e zume de limón.

Así foi aquel día en que se xuntaba a familia a comer. Sería verán, supoño, xa que a ensaladilla presta moito nos días de calor.

Comíamos todos cando un de nos, precisamente o que preparara a maionesa, botou man á boca e, discretamente, sacou algo que non tiña que estar entre os ingredientes da ensaladilla. E debeu poñer cara de sorpresa, supoño, que ninguén se deu conta da súa acción ata que o contou algo máis tarde.

Pouco despois, outro dos comensais fixo o mesmo e amosou publicamente o que lle molestara na boca: un anaco de unlla, perfectamente cortado, aparecera no medio da ensaladilla. O mesmo que lle pasara ao que preparou a maionesa e que ocultara o achado pensando que non se ía repetir.

¡Que noxo!, pensamos todos. ¿Cómo é posible que unha unlla, ou mellor dito, dúas, foran parar á ensaladilla, preparada na casa con todo o esmero do mundo? pensamos todos e, supoño, alguén expresou en voz alta mentres cada un remexía o seu prato na busca de máis inmundicias.

E apareceron. ¡Outra unlla!, pero neste caso non estaba soa, ía acompañada de algo máis. A expresión de noxo multiplicouse nas caras de tódolos presentes, pero un sinxelo exame do novo achado foi suficiente para que se relaxara o ambiente e houbera risas durante un bo anaco: as tales unllas non eran máis que unha semente do limón cortada polas coitelas do batedor con que se fixera a maionesa. Pero talmente parecían as unllas dun rapaz.

Non fun eu quen fixo aquela maionesa, pero sempre paso o zume de limón por un coador antes de poñelo na mesma. Paréceme un sistema máis axeitado que o que lin hoxe nunha revista, onde para evitar que as sementes do limón caian onde non deben, recomendan envolvelo cítrico nunha gasa antes de apertalo para sacarlle o zume.

O da “unlla” non foi agradable, pero… pensar no limón envolto en gasa…

Naquel tempo as portas das casas da vila non se pechaban xamais, e chegouse ata o extremo de que cando chegou a necesidade de facelo non foi posible, xa que ninguén sabía onde andaba a chave. A confianza da xente era extrema.

-Ovidio, anda alguén na cociña, dixo ela que aínda non se durmira. Ovidio ergueuse da cama coma un tiro, sorprendido pola posibilidade de que algún intruso se metera na casa ao amparo da noite e atopouse na cociña con Andrés e Piruca, escachados coa risa.

De inmediato entrou Araceli na cociña e nun intre soubo que algo pasaba. Era inverno e do teito da cociña colgaban os chourizos, feitos de novo, postos a secar antes de metelos no pingo para conservalos.

Andrés e Piruca explicaron que acababan de saír do cine, o que explicaba a visita nocturna. Entón tiña que ser sábado, día no que a sesión de cine comezaba ás dez da noite, mentres os domingos a esa hora xa rematara a proxección.

Os dous matrimonios parrafearon un tempo na cociña, prepararon café ou quen sabe se tomaron un viño acompañado de algo de comer. Andrés non deixaba de salientar o bo aspecto que tiñan aqueles chourizos e lacóns colgados do teito e a fartura que supoñía ter unha provisión así na casa.

Cando marchou a visita, o primeiro que fixo Araceli foi recontar os chourizos que tiña guindados e puido comprobar como faltaba tres, que foran arrincados con presa, deixando a proba do feito nun anaco de tripa esgazado.

Ao día seguinte Andrés e o resto da pandilla foron na busca de Ovidio para convidalo a uns chourizos riquísimos que traían da casa, sempre que el pagara o viño. Comendo os chourizos na taberna do Fardo, Ovidio non deixaba de repetir “Hai ó, parecese ben o adobo destes chourizos ao que fai Araceli”, mentres pensaba nos lacóns que uns días antes guindara ao pe dos chourizos. Previsor, ataraos á viga cuns arames.

Estoy preparadando menudencia y puedo servirles unha tapa si les gusta”, dixo a mesoneira que me atendía, xunto cuns amigos, nun soportal da praza maior de Alcaraz, na provincia de Albacete.¿Menudencia? Preguntei.

Ya me parecía a mi que ustedes no son de por aquí. Pero seguro que les va a gustar, así que ya viene un buen plato, retrucou a boa muller, que remataba de servirnos unhas cervexas fresquiñas mentres admirabamos aquela praza de pedras vermellas.

Estabamos na vila camiño de Riopar co obxectivo de visitar o nacemento do río Mundo e descubrir que ata na Mancha se poden atopar verdadeiros oasis, como é esa fantástica serra de Alcaraz.

En poucos minutos tivemos na mesa o prato de menudencia: moegas e riles de cordeiro fritos con dentes de allos, estes cortados ao medio e sen pelar.

A mesoneira indicounos que debiamos coller medio dente de allo cun anaco de ril ou de moega, ou un de cada, e levalo todo xunto á boca.

Pasaron máis de doce anos, pero sigo con gañas de volver a Alcaraz por probar de novo a menudencia e, de paso, as delicias da cociña manchega, que pouco ten que envexar a outras máis coñecidas.

A manchega ten, ademais, o valor engadido do nome dos seus pratos tradicionais: atascaburras, duelos y quebrantos, hartatunos, tiznao, nuégados, andrajos…

El era un verdadeiro filósofo. Claro que se trataba dun filósofo de aldea, sen estudos e seguramente sen coller na man máis libro que o librito de Bambú, o papel para liar os pitillos. Inda que ben pensado, tamén é posible que nin sequera ese librito pasara polas súas mans, que non lembro telo visto xamais co charuto na boca, polo que ata é posible que non fumara.En calquera caso, el era un verdadeiro filósofo. Un deses filósofos de aldea capaces de atopar unha resposta lóxica e coherente ás meirandes dúbidas do ser humano. Era tamén capaz de poñer derriba da mesa grandes problemas, que deixaban pensativos aos seus compañeiros de andadas. “E logo, ¿barruza ou chove?” preguntoume nunha ocasión, sen poder eu darlle resposta certa, que me atopaba no interior dun local dende o que non podía apreciar a situación climatolóxica no exterior.

Unha das súas dúbidas fundamentais, que ninguén foi capaz de responder, polo menos que eu saiba, era a seguinte: “¿Quen foi antes, o millo ou o corvo”. Tampouco deu el nunca sinais de coñecer a resposta a tal problema, e de coñecela levou con el o segredo á cova.

Ademais de filósofo cargado de razón, era un experto catador. Descoñezo se algunha vez matou unha perdiz, unha lebre ou un coello, pero tampouco ten eso ningunha importancia, xa que aquí estamos a falar de cata e non de caza.

El cataba canto viño se lle poñía a tiro, e con tanta cata acababa sempre bébedo, inda que sempre sospeitei que ese era o seu estado natural. E claro, nos últimos tempos da ditadura, os borrachuzas sempre acababan metidos en problemas coa Garda Civil, á que el non demostraba moito respecto.

Vivía e bebía de tratar en cochos, que compraba e vendía polas feiras. Así que cando estaba bébedo e algún chistoso quería facer festa á súa conta, sempre lle dicían “Xusto, aí ven a parella”. Imperturbable, respondía “se é boa, cómproa”. Ata que chegou o momento en que deixou de tratar en cochos para dedicarse máis intensamente á cata. Entón, cando lle citaban a parella respondía “agora xa non trato”.

El foi un verdadeiro filósofo. De cando en vez chámolle a miña mai Mariceli, como el facía cando quería convencela de que lle puxera outro chato de viño. Miña mai sorrí. Era o Barruzo de Budián, un pequeno gran home. Un filósofo.


© 2007 Colineta | Curved 3-Columnas por Felix Ker & JustSkins.| Traducido por Trazos Web & Arquitectura
< ?php if(function_exists('lp_other_langs')) { lp_other_langs('gl','es'); }?>