Jamón ahumadoHubo un tiempo en que el jamón gallego tenía fama en España y también fuera de ella. Un día, leyendo las memorias de García Márquez me encontré con la noticia de que en su villa natal, cuando él era niño, se vendían jamones gallegos. Algún tiempo después se lo conté a Xurxo González y con esa noticia encabezó su reportaje sobre el jamón en A Nosa Terra. Hoy, buscando el enlace con aquel reportaje doy con un maravilloso artículo del propio García Márquez en El País en el que habla de los lacones que su abuela gallega hacía en Aracataca.

No pensaba yo hablar aquí de García Márquez, pero sí de recuerdos de infancia y juventud. De los recuerdos del jamón curado en casa, que se sometía la acción del humo de laurel junto con los chorizos, de manera que resultaba un jamón aromático y sabroso, de poca curación, como casi siempre fueron los jamones de la matanza familiar en Galicia. Solo algunos podían dejar curar el jamón durante largos meses. Además no toda Galicia reúne las condiciones necesarias para curar jamones, labor para la cual se precisa frío y poca humedad en el aire.

Cuando en mi casa dejó de haber matanza, y por lo tanto jamón propio, el ahumado llegaba de Vilalba cada sábado al mercado de Ferreira, pero hace ya algún tiempo que, por unas razones o por otras, no encontraba este jamón.

Hasta que el otro día, camino de O Valadouro, decidí para en Vilalba y dedicar unos minutos a buscar el jamón ahumado. Paré en una industria, con tienda al público, que está al pie de la carretera. Esperando una negativa, le recordé a la dependienta que en tiempos yo compraba jamón ahumado vilalbés y pregunté si continuaba haciéndose. “Entero o trozos envasados al vacío, ¿cómo lo quiere?” respondió la muchacha.

Compré un trozo de kilo y medio que me costó alrededor de diez euros. Sí, leen bien, diez euros. ¡Rediola qué bueno está!