Como algunos lectores ya habrán comprobado por los periódicos  La Voz de Galicia y El Correo Gallego, el 18 de diciembre participé en una mesa redonda, celebrada en la Casa de Trillo, alrededor del movimiento Slow Food y de su presencia en Galicia. Sobre la composición de la mesa dan buena fe los periódicos.

Los organizadores estaban avisados de que yo no iba de palmero, sino que pensaba manifestar en público algunas de las muchas dudas que me plantea el movimiento, su organización, la financiación de sus actividades y de tanto viaje todo gratis a las ferias que organiza, sobre los motivos de emplear el latín para denominar a las distintas actividades con nombres tan sonoros como convivium, presidium y otros que a mí, no lo puedo evitar, no dejan de recordarme a los flechas de la OJE o a los boy scouts. Así que pregunté sobre todo eso, mordiéndome los labios cada vez que la palabra OJE venía a mi boca porque, la verdad, la reunión transcurrió en un ambiente tan amistoso que yo, invitado, no me atreví a romper.

Quedaron en el tintero otras cuestiones. Como el culto a la personalidad del fundador, Carlo Petrini, que se deriva de todo cuanto se lee en los sitios oficiales de slow food. Y quedó en el tintero porque, contra lo que yo aguardaba, en toda la tarde solo se citó una vez su nombre, y quien lo hizo fue el alcalde de Lekeitio. Los gallegos ni mención, con que me quedó una duda más: ¿serán unos heterodoxos los slow foodies gallegos?.

Y lo cierto es que no encontré respuestas a mis preguntas, pero surgieron otras en el transcurso de la tarde. Como, como por ejemplo, si es cierta la contradicción que me parece observar entre los criterios por los que slow food elige los productos que va a amparar (en Galicia el cerdo celta, el millo corvo y el centollo de Lira) y los objetivos de los productores. Entendí que el movimiento desea amparar pequeñas producciones locales, sostenibles y, por lo tanto, dirigidas a los mercados más próximos, pero también me parece entender que los productores buscan, a través de slow food, nombre y relevancia en el mercado, especialmente en el mercado donde mejor se pague.

De alguna intervención saqué la conclusión de que slow food “no es una organización, sino un movimiento social” (el entrecomillado responde, más o menos, a lo que se dijo), pero después hubo quien habló de los “afiliados”.

Como en toda reunión donde se contrastan opiniones, uno siempre se sorprende con algo. Y en Muxía lo que me sorprendió fue la defensa contundente y tajante del nombre slow food, así, en inglés, que fue calificado cómo “perfecto” minutos después de que yo hubiera puesto en solfa el empleo del inglés y el latín en lugar del idioma de cada uno. Y me sorprendió esa defensa porque procedía de Encarna Otero, militante del BNG, que durante una docena de años fue concejal en Santiago de Compostela, y en la anterior legislatura Directora General de la Xunta. Para suavizarlo después habló de la versión gallega de su compañero de asiento (lamento desconocer quién era y su nombre) que lleva slow food al gallego cómo “comer de vagar”. Como en Muxía aprendí que en slow food no todo es comer, sino que también hay “cittá show” como Lekeito (”ciudad sosegada” según su alcalde) yo les voy a regalar una forma muy gallega y que me parece le va mejor a lo que aprendí sobre los objetivos de la organización: “con xeito”.

Lo más interesante que escuché en la tarde vino de la boca de Milucho, de la cofradía de Lira, quien dijo que ellos buscaban en slow food “compartir problemas y buscar soluciones conjuntas”.