1993. Ese fue el año en que todo cambió en Santiago de Compostela. Por primera vez una administración apostaba fuerte por la promoción del fenómeno jacobeo como elemento fundamental de atracción turística. Mirado desde la distancia que permiten los 16 años transcurridos, parece que fue todo un éxito para Galicia y para Santiago.

En el casco viejo de la ciudad, el que visitan los turistas, se sucedieron en estos años dos oleadas de apertura de nuevos negocios ciertamente inquietantes. Primero llegaron los “todo a 100″ con su quincalla barata que, supongo, jodió bastante el viejo negocio compostelano de la plata y el azabache. Algo después brotaron como setas esos locales sin nombre concreto en los que uno puede llevarse tres botellas de vino y una tarta de Santiago por lo que cuesta una botella de vino de calidad o media tarta de factura artesanal, solo huevos, azúcar y almendra. De esta vuelta la jodida fue la producción alimentaria gallega de calidad, a la que le quitaron futuros clientes ya que, imagino yo, los compradores de ese vino barato, cuando lo beban en casa, pensarán que no se diferencia mucho del que despachan en el chiringo de la esquina, que queda mucho más a mano que Galicia. Y ni no lo notan será porque tienen el mismo paladar que los alemanes, según decía un viejo conocido mio que participou en las negociaciones para el ingreso de España en la CEE (Comunidad Económica Europea) y para quien los teutones no eran capaces de distinguir por el sabor un lomo de merluza y una pastilla de jabón.

Pero de un tiempo a esta parte comienzan, tímidamente, a asomar la oreja otro tipo de comercios que, sin renunciar para nada al turista, tampoco renuncian a la calidad y a la selección de lo que venden.

No voy a hablar de O Beiro o de los ultramarinos tradicionales de Caldedería-Cervantes-Acibechería, que ya son clásicos consolidados en la ciudad, sino de tiendas de reciente creación, como es el caso de Lar das Meigas, que lleva alrededor de un año abierto en la muy turística calle del Vilar y en el que se ofrecen productos gallegos de calidad, tanto alimentos como artesanía.

Otro ejemplo es la tienda abierta por la quesería Prestes en Calderería. Prestes tiene experiencia en sus tiendas de Vilalba y Lugo. La de Lugo no la conozco, pero la de Vilalba, que fue la primera, está sin ninguna duda entre las mejores tiendas de quesos y delicatessen de Galicia. Lástima que en Compostela, a pesar del reducidísimo local que ocupan, hicieran un híbrido, ofreciendo en la puerta vinos baratos, que no sé si tendrán la misma calidad que éxito comercial.

La más reciente de todas es Torre da Algalia. Aunque se encuentra en el caso viejo, no es precisamente la zona más visitada por los turistas, que no saben lo que se pierden.

El local es uno de los más bonitos de Santiago y ocupa los bajos de la conocida cómo Torre de la Algalia, de donde le viene el nombre a la tienda, una construcción del siglo XIII y uno de los pocos ejemplos de gótico que yo conozco en Santiago. Todo piedra y algunos muebles antiguos. Vinos, quesos, conservas, bombones y lambetadas diversas, muy bien seleccionadas y a precios para todos los públicos, es decir, tanto para compostelanos como para turistas.

El paseíto hasta la Algalia merece la pena. Y de vuelta hacia el centro de la ciudad se puede pasar por A Troia (pan, dulces, galletas, pastas) otro de esos negocios gastronómicos que están dignificando un casco viejo excesivamente mercantilizado (en el peor sentido de la palabra).