Entrevistaba hace unos días en la Cadena SER a Xosé Bouso, propietario de la Taberna do Valeco, en el barrio mindoniense de Os Muíños, que ofrece una temporada de cocina de caza ciertamente interesante.

Y le pregunté si sabía de que en alguna ocasión Álvaro Cunqueiro hubiera escrito sobre su establecimiento. “De lo poco que le leí de Cunqueiro, no vi nada sobre nuestra taberna”, me dijo. Así que al llegar a casa cogí, una vez más (¿cuántas irán?) El Pasajero en Galicia, un libro de recopilación de artículos del mindoniense, recogidos por César Antonio Molina y publicado por la editorial Tusquets.

Allí se recogen los seis artículos, publicados en la revista Finisterre entre enero y junio de 1946, con los que Cunqueiro quiso empezar a escribir la historia nunca terminada de las tabernas gallegas. El primer artículo es una introducción a tal historia y después vienen los artículos dedicados la “La de Póngalas”, ·El Padre Benito”, “El Casal de Acuña”, “El Pozo del Gorro” y “El chigre del Lorito”. Y miren por donde, la primera de las tabernas, la de Póngalas, estaba situada en el mismo barrio de Os Muíños donde está la de O Valeco.

Así que con expectación llamé a Bouso.

- Oíste hablar alguna vez de la taberna de Póngalas, pregunté

- Sí hombre, estaba aquí mismo al  lado, pero yo casi no la recuerdo y tengo 48 años.

Yo esperaba otra respuesta que no llegó: Sí hombre, así era cómo le llamaban a mí padre (o a mí abuelo).

No estaría mal que alguien versado en la materia terminase esa historia no comenzada.

A mí, que me declaro cunqueiriano de principio a fin, me gustaría escribir la historia de las tabernas de O Valadouro, que mí saber tabernario no da para más, si exceptuamos aquel tiempo en que fui parroquiano de A Reixa, en Tras Salomé, donde hoy se encuentra uno de los pubs más emblemáticos de Compostela; o del Mahía de Bertamiráns o de aquella taberna de Negreira cuyo nombre olvidé hace tiempo (y ya me gustaría recordarlo hoy) y en la que las palomas entraban hasta detrás de la barra porque el propietario les daba de comer cacahuetes de sus propios labios.

Escribiendo sobre las tabernas de O Valadouro les contaría de aquel tiempo en que casi frente por frente se encontraban O Bosque y Os Lobos. Y además con propietarios enfrentados.

Y contaría también como La Selva, situada en el extremo opuesto de la villa, nació en aquel mismo tiempo para servir tapas de sopa. Cuentan que cuando el negocio agotó su tiempo de vida, su propietario, Xosé Bermúdez, O Langredo, colocó un curioso cartel en la puerta: Cerrado por conveniencia propia.

También podría escribir sobre el ultramarinos-taberna de Ramón Blanco, que en La Habana había sido joyero. Ramón Blanco come dos arenques para abrir el apetito y yo con un tengo que cerrarlo, decía otro paisano de la villa para expresar las diferencias económicas existentes. Encima de la taberna de Ramón Blanco estaba la centralita y locutorio de teléfonos de Ferreira, cuando en la villa tenían teléfono el médico, el Bazar Pernas y pocos más.

En otro tiempo tuvo fama la taberna de O Tarabelo, en Recaré. De alguna conversación escuchada furtivamente saqué yo de niño la conclusión de que aquel era el único sitio de la redonda en el que se podían comprar preservativos, en un tiempo en que eran material ciertamente sensible.

También les contaría de la taberna de O Cristo en Adelán, donde aseguran que aconteció, en la posguerra, un hecho ciertamente lamentable. En la taberna de O Cristo había partida aquella noche, y con un juego de palabras podríamos decir que doble, porque la partida de la Guarda Civil rodeaba el establecimiento.

Recogidas las cartas, un parroquiano se dispuso a salir… por la ventana (¿o por la puerta?) trasera del establecimiento y alguno de los que estaban dentro le chilló “A donde vas, Luis”. Cuentan que Luis no escuchó nada más porque cayó abatido por una bala.

La Guardia Civil recibiera el chivatazo de que esa noche iría a la taberna de O Cristo Luis Trigo, O Gardarríos, el último escapado (maquis) que anduvo por aquellas tierras, pero el muerto era otro Luis, residente detrás de la taberna.

Igual las cosas no pasaron así. Pero así me las contaron.

O Gardarríos cayó en 1948, en Vilanova de Lourenzá.