Escena: bar de buena reputación de Santiago de Compostela. Un grupo en una mesa. El cliente se acerca a la barra, desierta y abre un periódico.
- Una Estrella, por favor.
- No tenemos Estrella. ¿Damm? ¿Heineken?
- Mejor un blanco. ¿Tendrá un godello?
El cliente mira el periódico mientras le sirven el vino. Algo después, el camarero se vuelve a acercar y dice:
- Ahora le voy a poner unas lentejas.
Marcha para la cocina y mientras el cliente observa. En el otro extremo de la barra vasos y tazas del café sin recoger y en el mueble de la pared varios montones de papeles que aparentan facturas y cosas semejantes. La sensación de desorden se incrementa a causa de la pila de botes de Coca Cola y Aquarius en el suelo junto a la puerta de la cocina.
- Ojo con la cazuelita que quema. Dice el camarero que pone en la barra una abundante tapa de lentejas.
El cliente olvida el desorden del local y regresa al periódico. Y cuando piensa que las lentejas enfriaron toma una cucharadita y se quema la lengua con ellas.
- La cazuela estaría caliente, pero las lentejas hervían, piensa.
Pasan los minutos, termina el vino y paga 2 euros por el mismo. Más de la mitad de las lentejas quedan en la cazuela a causa de una temperatura excesiva.
Baja el telón.
Pues todo esto me aconteció a mí en Compostela, en un local cuyo nombre callo de momento.
Pero, ¿qué es peor, no tener Estrella en Galicia, cuando es la cerveza que los gallegos demandan en una mayoría abrumadora, o servir las lentejas calientes como plomo fundido?.
Ilustración: anuncio en El Emigrado (A Estrada, Pontevedra), 7-agosto-1928





