Junio 9th, 2008Café, hielo, limón
Mi amigo J. estuvo bastantes minutos preocupados por la raja, y no la de la falda de la camarera sino la de limón que pensaba ponerle a su café con hielo, con gran sorpresa por parte de la mayor parte del resto de presentes en la mesa, a los que ponerle limón al café les resultaba raro, pero no ponerle hielo, ni tampoco ponerle hielo al café con leche. Yo, fiel a mi costumbre, lo tomé solo y cortito. Pero J. decidió que yo tenía autoridad suficiente para respaldar su teoría de que el limón es imprescindible y reclamó, naturalmente, un post en Colineta sobre el asunto. Misión cumplida
Lo coñero es que poco después encontré en el supermercado un café soluble que se anuncia como especial para el café con hielo.
Esto de mezclar café y hielo es muy español. No vayan a Italia, uno de los países donde mejor se prepara el café, a pedirlo con hielo, porque seguramente no va a sacar más que un dolor de cabeza o, si cabe, dos: el propio y el del camarero que lo atienda. A medio mundo le parece bien tomar en verano te helado (puede que el cine norteamericano tenga algo que ver en el caso), pero cuando al café se le invierte la temperatura comienza la gente a escandalizarse.
Sobre el asunto del limón, pues que les voy a decir, que hay para todos los gustos y no es la primera vez que lo veo hacer aunque a mí, que a veces en verano tomo uno, nunca se me ocurrió hacerlo. Prometo que en la próxima ocasión no va a faltar el limón, que de todo hay que probar.
Dándole vueltas al asunto de poner hielo en una bebida que se elabora con agua hirviendo, me vino a la cabeza el éxito que Pichi tenías con los helados que servía de postre en su bar-restaurante de la calle Torres Miranda, en Madrid. Disculpen si no pongo el nombre del local, pero es que no lo recuerdo. Pichi tenía una personalidad tal que ahora que lo pienso igual nunca nadie supo como se llamaba el local porque siempre decíamos lo mismo: vamos a tomar algo a Pichi.
El caso era que los helados del Pichi estaban siempre en su punto. Blanditos, cremosos, nunca servía uno de esos tan congelados y duros que había que partirlos a golpes. Un día nos descubrió el secreto: antes de llegar a la mesa los helados siempre pasaban por el microondas. Aquello me recordó cuándo muy niña mi prima A. llegó junto a mi abuela con un cucurucho que le acababan de regalar pidiendo que lo metiera un poco en el horno porque estaba muy frío, o cuando la madre de C. quiso aprovechar el Tulipán que quedaba pegado en el envase, echó dentro un poco de leche y lo puso sobre la plancha de la cocina encendida. Eran tiempos en los que los plásticos no eran tan comunes como ahora. Ni que decir tiene que para limpiar la plancha tuvieron que aplicarse a fondo con el Pedramol.
En fin, que al final llegué a la conclusión de que una cosa es la temperatura necesaria para preparar el café y otra la temperatura a la que se consume la bebida. Porque a mí tampoco me gusta el café demasiado caliente.
© Copyright Miguel Vila Pernas.
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10 Junio 2008 a las 10:59
Con respecto a la última frase, recalco imperativamente : no existe el café demasiado caliente.
10 Junio 2008 a las 18:55
Gran post y grandes reflexiones. Sobre gustos no hay nada escrito.
10 Junio 2008 a las 20:54
Oscar, no se si a ti te gusta elcafé muuuuuy caliente o es que tienes un reparo lingüístico. En cualquier caso, a mi no mes gusta el café demasiado caliente, es decir, caliente en exceso.
Tony, efectivamente cada uno es libre de tener los gustos que quiera. Y podríamos complicar mucho el post si hablasemos de con que tomar el café: es decir, con que gotas: augardiente, brandy, anís, escocés, licor café , crema de aguardiente, ginebra…