Un imprevisto me llevó esta semana a llorar de emoción una vez más en el restaurante Domínguez, de Santiago de Compostela, que en realidad es más una casa de comidas al estilo tradicional. Las lágrimas no asomaron a mis ojos, pero por dentro lloré desconsolado sabedor de que en poco tiempo este templo del bueno comer será historia pasada. Ya me lo dijo el propietario el verano pasado: “Antes de dos años cierro”. Motivos de salud y la falta de relevo generacional están detrás de la decisión que todos lamentaremos.

El Domínguez es conocido por su cocina casera y, de manera muy especial, polos callos de los jueves, que congregan en las pocas mesas del local a todos los aficionados de Compostela a este plato. No era jueves el día que yo fui pero no importó: comí una fabada fantástica.

Antes de pasar al comedor, Carmen, cocinera y camarera, me indicó el menú del día: sopa de fideos, almejas, fabada y carne ao caldeiro. Elegí la fabada y rechace las almejas que me proponía de primero. “Fabada primero y queso después -pedí-, una copa de mencía y una botella de agua”.

Como es tradicional en las viejas casas de comidas, la fabada vino en una cazuela para que me sirviera a gusto. Y serví un bueno plato y un poquito más para repetir. La fabada estaba de diez, con unas fabas de A Mariña de Lugo que eran mantequilla pura, como si no tuvieran piel y todas enteras por mucho que estuvieran en el punto justo de cocción. Chorizo y lacón en trozos y la morcilla, poca, deshecha por entre las fabas. No necesitaba más. Pocos restaurantes de primera línea serían capaces de mejorar aquel guiso, servido abundantemente, como es habitual en este tipo de establecimiento. La prueba de la abundancia está en las fotos: en la primera muestro la cazuela como llegó a la mesa y en la segunda como se fue de ella: con la fabada que me pusieron comían dos personas.

Y del queso no me quejo, que dice la cantiga popular. Más bien todo lo contrario. De nuevo una gran ración de un queso del país, cremoso y sabroso, de factura casera. Uno de esos quesos de mal aspecto que venden las paisanas en la plaza, hecho sin molde, desparramado en un plato, pero sabrosísimo. Gloria pura. El membrillo volvió íntegro para la cocina ante la enorme calidad del queso que no necesitaba más acompañamiento que un trocito del pan de bolla que acompañó la comida.

Con una copa de Vía Romana, agua y café la cosa salió por 13 euros. ¿Alguien da más?